Por: Victor Miguel Villanueva / Docente JRF
Mi ocupado amigo:
Las horas para volver a casa son cada vez menos. No pudo ser más intenso este intercambio epistolar que inauguramos, si bien recuerdas, en la Copa del Mundo del 2002; definitivamente el de Río 2016 se ha caracterizado por ser intermitente, bastante diría yo y, desde luego, el único culpable es tu servidor. Lo único que puedo hacer como alegato a mi defensa es que siempre lo hicimos en Mundiales de futbol, pero no en Juegos Olímpicos y, lo sabes, el ritmo de competencia y por ende de trabajo es otro, más demandantes los segundos que el primero. En fin, espero contar con tu comprensión.
Te propongo un tema para esta ¿penúltima misiva? desde la sede olímpica. En ese afán de escuchar y observar, cualidades propias de mi profesión, me es indescifrable el comportamiento y el modus vivendi de la gente de Río. Así como la capacidad del mexicano para seguir al pie de la letra eso de «a la tierra que fueres, haz lo que vieres». Porque si los primeros días nos parecía «de locos» ver a la gente fumar en una gasolinera, luego se nos hizo natural. Digno de experimentar y hasta, por qué no, hacerlo un ritual. Te cuento.
En la mayoría de las gasolineras, como en México, hay tiendas. Pero en Río, además de lo de costumbre (bebidas, dulces, golosinas, papas, cafés, postres, sándwiches), además de todo eso hay televisores y se puede fumar y beber ahí, sin problema alguno. La gente va a comer la promoción de hamburguesa con queso y una coca por 7 reales (42 pesos, aprox.); dos cervezas por diez; pan y café por seis. Deja de ser tienda de autoservicio y se convierte en bar. Hay indigentes haciendo una cerveza con los restos de las demás; grupo de jóvenes; matrimonios; hombres maduros; un señor con tres jovencitas que se prostituyen ahí mismo. Son las dos o las tres de la mañana y a ese lugar sigue llegando gente, no piden para llevar, todo lo consumen ahí. Las empleadas ya lo llaman el Oxxo brasileiro, porque así lo bautizaron los mexicanos que ya sin ninguna precaución o asombro del inicio, sacan una mesa redonda, sillas, fuman, beben; a quién le interesa que sea una estación de gasolina y se esté despachando combustible. Una noche, tres de la mañana, un joven brasileño se impresiona con los lentes de un mexicano, se los quiere comprar; el compatriota pide 100 reales, el carioca los paga sin chistar. Arranca su auto, con el sonido de la música a todo volumen, se aleja con su nueva adquisición. Frente a sus ojos, los mexicanos festejan: 100 reales son 600 pesos, que de ninguna manera lo valen los lentes; lo mejor es que alcanza para 10 promociones de cerveza: dos latas de medio litro por 10 reales.
Por otra parte, en el camión exclusivo para periodistas acreditados, un par de periodistas españoles se asombra ante lo que tres argentinos le advierten: deben irse de Río el lunes, un día después de que concluyan los Juegos. La razón da miedo: desaparecerá la seguridad, la del ejército tan evidente, la de la policía en los lugares más concurridos y la secreta que, afirma la misma fuente, tienen a raya a los grupos delictivos. Río volverá a ser una ciudad insegura y violenta luego del 21 de agosto. En el restaurante del IBC la versión que existe es que tan pronto se apague el fuego olímpico hay que irse; los más paranoicos temen un acto de rapiña desde las favelas.
No hay que olvidar que el ataque con arma de fuego a un camión de periodistas se realizó desde una favela. Un reportero británico fue herido, pero el hecho fue minimizado, como se hizo con las tres bombas que hasta el momento el ejército ha hecho explotar: una en la meta del ciclismo de ruta, otra fuera de la Arena Carioca 1, y una más previo a un juego entre España y Nigeria de basquetbol masculino, o el incendio en el IBC que fue desalojado y luego se dijo que fue un simulacro, sin embargo hay fotos donde se ve humo. Pero todo esto, posiblemente más cosas, han sido contadas como anécdotas y no como lo que realmente son: intentos serios por cometer un atentado a los Juegos de Río.
Por último, te cuento que la comida brasileña, por monótona y seca, será lo último que recuerde. En este viaje, como en otros, me queda una certeza: la comida mexicana es la mejor, por su originalidad, su variedad, su sabor. Creo que ni a ellos, a los brasileños, les gusta; los he visto comer y no la disfrutan. No son los mismos gestos de agrado cuando uno disfruta un pozole, una barbacoa, unas carnitas o un guisado en chile morita, pasilla o cascabel. Pero seguramente esto último es porque ya me está dando el llamado síndrome del Jamaicón.
Por: Jesús Gómez Morán / Docente JRF
Mi gastronómicamente nostálgico amigo:
Propiamente no eres matemático, pero sin duda tu oficio es contar: te veo ya contando los días para emprender el regreso, pero también he de reconocer que lo que nos cuentas confirma la calidad de tu pluma periodística, tan es así que el cúmulo de información que nos aportas debo analizarla por partes.
1) Expones vívidamente lo que sería una crónica del tiempo de ocio carioca, con fidedignos datos antropológicos (que evidencia el nuevo rumbo que están tomando tus intereses académicos) al comparar y reconstruir dinámicas sociales e incluso económicas de Rio de Janeiro: nada mejor para analizar los usos y costumbres que ver cómo una sociedad gasta su tiempo y su dinero. Todo ello confirma lo privilegiado que resulta el tener tu aguda mirada puesta en el epicentro del mundo estos últimos días.
2) Debido a esto precisamente (a su calidad de epicentro), lo que ya no puedo valorar como una situación de privilegio es que se cierna sobre los representantes de los medios la amenaza de la violencia y que cuando los reflectores se alejen de esa bella ciudad el caos vuelva a sentar sus reales en un lugar tan paradisiaco. Ojalá como dices, que todo quede en una anécdota.
3) El tercer tópico que abordas es de índole más bien personal y se enfoca a tus peripecias gastronómicas, las cuales, si no te conociera bien, harían temer que retornarás algo desmejorado y no tanto por el ritmo vertiginoso de trabajo al que indudablemente debiste enfrentarte (y lo sigues haciendo). Sin embargo debes considerar que una cosa compensa a la otra, y si tú no te has alimentado convenientemente, nosotros, a pesar del positivo saldo de medallas el día de hoy, estamos más bien ayunos de buenas noticias de la delegación mexicana que se desplazó hasta Río para ¿competir? Me explico a continuación.
Te confieso que estas líneas ya había empezando a redactarlas antes de lo acontecido este día pero sigo pensando que al hallarnos en la recta final de estos Juegos olímpicos es un buen momento para hacer un corte de caja respecto al desempeño de los deportistas mexicanos. El fracaso que portarán como medalla, quizás estés de acuerdo, conmigo, es bastante estentóreo, aunque podría alegarse que en este caso se trató de un ciclo (es decir de una Olimpiada) deportivo en que de forma multifactorial intervinieron distintas variables negativas que acentuaron esta problemática: una secuela de conflictos administrativos sumados a la elección de un dirigente, consentido por quien ostenta la banda presidencial, que por ello bien podría ser el émulo de Maximino Ávila Camacho o del negro Durazo para este sexenio, a lo que se agrega un pésimo impulso y seguimiento a la formación de deportistas, quienes de suyo ya cargan con el peso de algo que será el punto central de mi reflexión: el atavismo de una fortaleza mental de deficiente competitividad, básicamente por ser incapaz de reaccionar de manera asertiva cuando se encuentra bajo presión.
Dos son las razones por las que califico como un atavismo dicha situación. La primera de ella parte de los sitios que en cada disciplina han ocupado hasta el momento los atletas nacionales, marginados de las preseas: cinco cuartos lugares en clavados plataforma (femenil), en tiro con pistola (femenil), en tiro con arco (femenil), lanzamiento de martillo (varonil) y en pesas (varonil) y seis quintos lugares en clavados en trampolín y plataforma por parejas (varonil), en taekwando (varonil y femenil), en pesas (femenil) y en tiro con arco en equipo (femenil).
Los podios alcanzados de ayer a hoy parecerían restarle certeza a esta valoración, pero más allá de solazarme (sin demeritarlo) en el éxito que representan las 5 preseas (mismas que ahora sí apuesto ya no van a incrementarse), planteo una actitud de insatisfacción y me quedo anhelando esas 11 medallas que pudieron ser. Su no consecución me hace pensar que las competencias deportivas (otro ejemplo característico se da dentro del futbol), México suele mostrarse como un ajolote, porque según esto compite en estado de madurez cuando seguimos siendo unas larvas (el proceso de eliminación de Concacaf es prueba de ello). De esta forma engañamos al mundo y nos engañamos a nosotros mismos: concurrimos a competir pero en la etapa de definición viene el momento de debilidad y el regreso con las manos vacías.
Desde luego podría refutárseme que más allá de un mal jueceo siempre existe el imponderable de un mal día pero veamos: si se bajara la línea de flotación (ésa que separa a quienes aparecen en el podio de premiación de los demás) dos posiciones, en este momento estaríamos hablando de 16 medallas. Obviamente esto es una quimera, pero creo que no lo es establecer el bajo porcentaje de efectividad de los cuartos y quintos lugares mencionados. Es decir, circunscribiéndome de forma exclusiva a este punto, esos puestos nos hablan de atletas de muy alto rendimiento pero que pudieron llegar al podio porque les faltó algo extra. Vayamos a la fría numeralia: de 11 posibilidades, cero. Pero para ser más justos, incluyamos a los medallistas, que quedaron en segundos y terceros lugares, reduciendo a sólo cuatro puestos el margen de nuestro estudio. Así las cosas, en el rango de pelea de medallas México tuvo dieciséis sólidas posibilidades, y al lograr sólo 5 superar la referida línea de flotación nos da un porcentaje del 31% de efectividad. Sin temor a errar estimo que una media del 40 o 44% era lo esperable. Al quedársenos tan abajo los números no resta más que calificar como un sonoro fracaso del deporte mexicano de alto rendimiento que concurrió a Rio (de un 60% para arriba hubiérase denominado como una posición exitosa).
Me niego a aceptar amigo de atribulado estómago que, como a tú, a nuestros representantes deportivos hayan adolecido del síndrome del jamaicón. Me parece que antes que eso viene como anillo al dedo algo que podría denominarse como el síndrome del axolotl, cuya teoría la desarrolla Rogar Bartra en su famosa obra La jaula de la melancolía y en la que nos recuerda cómo «el axolote es la larva acuática de una salamandra, capaz de reprodcirse para conservar así una eterna juventud y eludir, por tanto, la metamorfosis» (Bartra, 1987: 44). Este animalito endémico de los lagos de Xochimilco se niega a madurar y no emerge de su línea de flotación. Y lo peor no es que se niegue a crecer, a dar el siguiente paso en su evolución, sino que esa incapacidad de hacerlo la hereda genéticamente a sus descendientes. Bartra explica así cómo el proceso de nuestra historia nacional que se ha quedado en promesa desde hace siglos: la Independencia trunca, la Revolución interrumpida. Con su evolución incompleta “el axolote, como se ve, no es tan ajeno a nosotros como pudiera hacernos pensar su aspecto monstruoso”, remata Bartra (45). He creído conveniente traer a cuento este planteamiento porque me parece que podría dar una idea de lo que nuestros ojos presenciaron las últimas semanas al observar con suma expectación el desempeño de aquellos deportistas que portaban el escudo nacional en su uniforme. Quizás dicho escudo, en vez de un águila devorando a una serpiente debería ostentar a otro animalito acuático: un ajolote.
Apostilla: Pero para no achacarle todo el peso de la responsabilidad a una especie que en su variedad zoológica además de todo está en peligro de extinción, todavía cabe que explorar otras hipótesis, y la más plausible de todas, me parece, es que Alfredo Castillo estuvo todo este tiempo haciéndoles mal de ojo y echándoles la sal a la delegación mexicana, pues nomás se alejó de ellos las medallas, durante tantos días esperadas, al final empezaron a caer…



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