Por: José Pablo Tapia
En el hipódromo hay mucho que contar y en esta ocasión sabremos cómo es el día a día de un cuidador de caballos.

En el hipódromo de las Americas, mientras los reflectores se centran en los caballos que cruzan la meta a toda velocidad, hay una figura que trabaja silenciosamente en las sombras, asegurándose de que estos magníficos animales estén en su mejor forma.
Francisco González es un dedicado cuidador de caballos con más de 40 años de experiencia, nos abrió las puertas de su mundo, revelándonos la pasión y el compromiso que se esconden detrás de cada carrera.

Desde las primeras luces del alba, cuando la mayoría de la ciudad aún duerme, Francisco ya está en pie, revisando a sus compañeros de cuatro patas. Su día comienza a las 6 de la mañana, un horario en el que muchos continúan dormidos, pero que para él es solo el inicio de una rutina que ejecuta con amor y precisión. Cada caballo bajo su cuidado recibe atención personalizada: desde la alimentación hasta el ejercicio, pasando por la limpieza de los establos y el monitoreo de su salud. Es un trabajo que requiere un ojo atento y una mano firme, cualidades que Francisco ha perfeccionado con los años.

“Es el mejor trabajo del mundo, he intentado como plomero, electricista pero nada como ser caballerango….” mencionó Francisco y se mostró muy feliz de dedicarse a cuidar a estos animales y continuar la tradición familiar, pues por muchos años su padre tuvo el mismo empleo, aprendió todo lo que debía saber sobre caballos y estas lecciones le han servido para hacer de manera excelente su trabajo y ser parte de este espectáculo deportivo.

Lo que más disfruta Francisco de su trabajo es, sin duda, esa conexión especial con los caballos. “Cada uno tiene su propia
personalidad, tengo muchas anécdotas con muchos caballos, ninguno ha intentado tirarme una patada o morderme…” fueron sus palabras y así destacó el vínculo que genera con cada uno de los caballos que cuida.
Para el, cada carrera ganada es una confirmación de que su esfuerzo y dedicación han dado frutos. Nos cuenta cómo siente cada victoria como si fuera propia, porque, de alguna manera, lo es. Su trabajo puede ser invisible para muchos, pero es fundamental para el éxito de los caballos.

En este rincón del hipódromo, alejado del bullicio y la emoción de las carreras, encontramos el verdadero corazón del deporte. Francisco y sus compañeros caballerangos son los héroes anónimos que, con su pasión y esfuerzo, hacen posible que los caballos y los yoquis brillen en la pista. Gracias a ellos, cada carrera es no solo un espectáculo de velocidad y destreza, sino también un testimonio de amor y dedicación.


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