Por: Douglas Sierra

Se dio acabo la inauguración de los juegos olímpicos de Paris 2024 y dio de todo para hablar por los temas políticos y deportivos que se tocaron en el comienzo de la competición.

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¿Se puede tapar el sol con un dedo? Los resultados de los Juegos Olímpicos dictarán la respuesta, pero por ahora ni siquiera la inauguración acaecida esta tarde a lo largo del Río Sena ha podido desviar la avalancha de críticas que ha sufrido París 2024 en sus primeros días.

Desde la manifestación de un sinfín de mensajes con tintes políticos hasta la condena total de diversos devotos del cristianismo. La expectativa se centraba en cuál sería la respuesta inmediata de los organizadores y la sociedad durante el evento que acapara los ojos del mundo entero.

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Y por si fuera poco, no sólo hubo lluvia en términos de ideologías, sino también en el clima, lo cual mermó todavía más a una audiencia que de por sí no logró atender la expectativa en el número de asistencia (200 mil personas aproximadamente). Varios tuvieron que pensar primero en resguardarse de la precipitación antes que disfrutar de la ceremonia.

No obstante, el público no dejó pasar la oportunidad de aprobar o desaprobar en multitud lo que veía. En el desfile de las delegaciones, llamó profundamente la atención el abucheo masivo con el que fue recibido Israel, debido a la condena enérgica hacia los ataques de este país perpetrados en Palestina.

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De manera opuesta, las ovaciones inundaron cuando los palestinos salieron a cuadro, con una delegación que no rebasa los diez deportistas derivado de las afectaciones por la guerra. El abanderado, incluso, portó una camisa con ilustraciones de bombardeos que caen sobre niños que juegan futbol. Era una oportunidad inmejorable para mostrarse.

También se aprovechó este espacio para cuestionar la congruencia del Comité Olímpico Internacional por haber vetado a Rusia de la competición por su conflicto bélico contra Ucrania, a diferencia de la postura laxa que ha mostrado con Israel, nación a la que también se le han confirmado distintos crímenes de lesa humanidad.

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Desde la trinchera de los organizadores, ya no sólo era una necesidad contrarrestar los cuestionamientos con un mensaje contundente, sino también una obligación que muchos esperaban ver. Era un escenario gris, como si el cielo supiera de la reciente tensión política por la victoria de Agrupación Nacional en la primera vuelta de las elecciones parlamentarias en Francia, partido opositor al del presidente en turno, Emmanuel Macron.

El mandatario hizo acto de presencia en la inauguración junto a la primera dama, Brigitte Macron. El panorama era poco amigable por el severo descontento social que ha arrastrado al país en los últimos meses, manchado además por acciones como la expulsión de inmigrantes y personas sin vivienda para realizar una “limpieza” a las calles parisinas previo a la justa olímpica.

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Estos eventos fungen del mismo modo como una oportunidad irrechazable para consolidar una imagen pública, y Francia apeló al discurso de la inclusión en sus promos y coreografías. La comunidad LGBTQ+ obtuvo guiños por doquier, y destacó la presencia de una drag queen como centro de mesa al imitar la postal de La Última Cena. Podrá parecer inclusivo, pero excedió los límites de la comunidad cristiana, que rechazó en su mayoría esta iniciativa.

Y al margen de dichas intenciones mostradas a través de deslumbrantes maquillajes coloridos -aplicados a distintas personas sin importar su género- tampoco bastó con apreciar a las estrellas; ni ver a Lady Gaga cantar en francés, ni a Rafael Nadal pasarse la antorcha con Nadia Comaneci y Serena Williams. Resonó más el homenaje de los atletas argelinos, donde derramaron rosas en el Sena para homenajear a sus compatriotas masacrados en el mismo lugar en 1961, que la misma presencia de Zinedine Zidane, curiosamente, hijo de inmigrantes del mismo país.

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Las figuras del deporte francés que estuvieron en lo más alto del escenario para encender el pebetero, Teddy Riner y Marie-José Perec, tampoco fueron suficientes para esconder el trasfondo de descontento que hay en torno a la organización de estos Juegos Olímpicos, marcados a priori por hechos que se ubican fuera de las pistas de atletismo, las albercas y las canchas.

Aun sin conocer la totalidad de los resultados ni las historias que restan por contar de la presente justa deportiva- que los fanáticos han esperado con ansias-, frenar la serie interminable de críticas que ha cargado consigo es una tarea que, hoy, luce prácticamente imposible. Si con esfuerzos de meses anteriores no se ha logrado, es probable que la mística deportiva tampoco lo haga.

Y es que, de momento, no se ha tapado el sol con un dedo. Esta edición será recordada por las circunstancias políticas que han salpicado al deporte. Distinto a lo que proclamaron en el lema aludido de la Revolución Francesa (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la legitimidad social del evento, aunque apunte hacia el cielo como el pebetero en el globo aerostático, continúa en el suelo.

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