Por: Valeria Baena

La Ciudad de México presenció la edición 41 del maratón que inició en Ciudad Universitaria y finalizó en la explanada del zócalo capitalino.

📸: Valeria Baena

No hay evento ni celebración en el que se vea tanto amor y lágrimas como en el maratón. Los 42 kilómetros son la oportunidad de llenarse de abrazos y también llorar, gritar y sacar cada sentimiento tras lograr concluir tan largo recorrido.

Mientras que la línea de meta se llena de periodistas a la espera de los atletas de élite, una vez que estos llegan, acaba todo para los medios, nadie se queda a ver un último lugar o la felicidad de los 30 mil corredores restantes.

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Estos son los momentos que valen la pena porque se ve el verdadero sufrimiento y sacrificio. Benjamín Paredes, el famoso corredor, ganador del oro en los Juegos Panaméricanos en 1995 y atleta de duatlón pasó desapercibido por la prensa, no fue reconocido porque al parecer solo los kenianos importan en estos eventos.

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La premiación estuvo repleta de periodistas, pero cuando se subieron al podio las personas invidentes, solo dos fotógrafos se presentaron, porque una vez más, parece que esta no es la nota que vende y si no se gana, no le dan importancia. 

Sin embargo, la familia, fotógrafos externos, porra y cada una de las personas que asisten, son quienes hacen el lado bueno de esta celebración deportiva. Cada tramo se encontraba repleto de carteles de aliento, música, matracas, tambores, gritos y aplausos y más, sin importar que tuvieron que levantarse temprano, los ánimos duraron horas y no pararon.

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Correr un maratón es un desafío personal y un esfuerzo que nadie más puede hacer, solo la mente y el cuerpo definen el trayecto, pero no hay duda que la motivación es clave, hay quienes llevaban la imagen mental de a quien le dedicarían la carrera. Otros físicamente portaban la razón de su esfuerzo y también estaban quienes siguieron porque iban acompañados y gracias a estos ángeles lograron distraerse, agarrar fuerzas y seguir.

Sin importar que el tiempo realizado fueran dos horas o diez, el logro vale lo mismo, la satisfacción de decir corrí un maratón, se queda para siempre y es algo que no cualquiera puede presumir. 

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