Los Pumas derrotaron al América con gol solitario de Piero Quispe y una gran actuación en defensa.
Por: Dalai Soto
El partido comenzó como una partida de ajedrez, con los estrategas André Jardine y Gustavo Lema en la alineación de sus piezas con cautela. Ambos optaron por poblar la zaga con cinco defensores, en una búsqueda por proteger la retaguardia y aprovechar al máximo la amplitud del terreno de juego. Era un duelo de paciencia, de miradas al horizonte y de pasos bien medidos, donde nadie quería ser el primero en ceder.
Los primeros minutos transcurrieron como un vaivén, con la posesión del esférico sin un dueño claro, además de la intermitencia evidente en el medio campo. América y Pumas se perdieron en un mar de imprecisiones, incapaces de hilvanar jugadas que inquietaran a los arqueros. Parecía que el gol era una utopía lejana, un susurro que se esfumaba antes de hacerse realidad.
Pero el destino es caprichoso, y cuando parecía que el letargo dominaría la noche, un error sacudió el encuentro. El América se vio aunado bajo el yerro del “Chicote” Calderón quien en una aproximación auriazul rebanó el esférico, con lo que dejó a Piero Quispe cara a cara con Malagón. El joven peruano no titubeó: dejó al arquero americanista sin opciones con un toque preciso que desató el silencio en el Ciudad de los Deportes. Las gradas, atónitas, veían cómo el dominio empezaba a teñirse de azul y oro.
El América, confundido y errático en defensa, fue víctima de sus propias desatenciones, se encontró sumergido en un mar de desaciertos donde cada avance de los Pumas era una amenaza, un latido acelerado que hacía temblar a la zaga americanista. Sin embargo, si el equipo de Coapa seguía con vida, era por una sola razón: Luis Ángel Malagón. El arquero que detuvo cada intento universitario con reflejos felinos, con lo que evitó que el marcador se inclinara aún más en contra de su equipo.
La segunda mitad comenzó con un aire distinto para el América, como si el descanso hubiera infundido en los de Coapa un nuevo sentido de urgencia. El equipo salió al campo con un ímpetu renovado, especialmente por la banda izquierda, donde Brian Rodríguez tomó las riendas del ataque con la velocidad y el desequilibrio de un velocista al borde de la gloria. El extremo se convirtió en un dolor de cabeza constante para la zaga universitaria, como un vendaval que no cesaba.
Cada carrera del “Rayo” era un preludio de peligro, y en varias ocasiones, sus centros encontraron a un compañero en posición de rematar. Sin embargo, Julio González, el guardián bajo los tres palos de los Pumas, se erigió como una muralla infranqueable. Con reflejos felinos, el arquero auriazul voló de un lado a otro, con lo que negó cada intento americanista.

El reloj avanzaba y los Pumas, que en los primeros minutos de la segunda mitad parecían tambalearse, se refugiaron más y más en su propia área. El América atacaba con furia, como una tormenta que golpea con más fuerza cuanto más se aproxima el final, pero González resistía, convirtiéndose en el héroe de una noche en la que jugaba un partido aparte, el de mantener su meta en cero.
En la recta final, el conjunto auriazul se vio completamente avasallado. El América, en su intento por llevarse el triunfo, lanzaba todo lo que tenía al ataque: centros al área, disparos desde fuera, combinaciones rápidas. Pero la zaga universitaria imperturbable a la altura de la circunstancia de un clásico, mantuvo el candado auriazul intacto. Cada desvió, barrida, y cobertura era un golpe a la moral americanista, un recordatorio de que, a veces, el fútbol es tan cruel como bello. Mientras el tiempo se agotaba, la desesperación se apoderaba de los azulcremas.
El América, desbordado por su propia desesperación, vio cómo la gloria se les escurrió entre los dedos. En cambio, los universitarios, con la humildad del que sabe sufrir y la grandeza del que sabe ganar, se fueron con la frente en alto, además de dejar en claro que en un clásico, el alma es tan importante como el talento.


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