El Barcelona reafirmó su dominio en la competición con un Robert Lewandowski letal.
Por: Dalai Soto
El Mendizorroza fue testigo de una lección de fútbol, donde Robert Lewandowski, con la mira calibrada y tres tantos a su nombre, reafirmó el dominio del Barcelona en la cima de la competencia. Como un depredador que acechó a su presa, el polaco no perdonó, y el equipo blaugrana navegó con elegancia en las turbulentas aguas de un Alavés que, sin brújula, naufragó en sus propios errores.
El primer acto del partido mostró el contraste entre la precisión del Barcelona y la desesperación del conjunto local. Los de Hansi Flick impusieron su ritmo, con caricias de juego que besaron el balón con la misma calma con la que el sol acaricia la tarde. El Alavés, en cambio, se vio aunado bajo sus propios yerros, los cuales fueron como heridas abiertas, sangrantes ante la precisión despiadada del visitante.
El primer clavo en el ataúd albiazul llegó desde la banda derecha. Raphinha, con la precisión y toque de un dotado, envió un centro al área que encontró la frente de Lewandowski. El remate fue certero, como una sentencia inapelable. El 1-0 no solo derrumbó la resistencia local, sino que abrió las compuertas de lo que vendría después.
Con el Alavés en su intento por levantarse a base de coraje y sudor, le llegó la segunda estocada. Los locales al no replegarse de manera oportuna en una contra la velocidad de Raphina fungió como el principal verdugo albiazul, tras arrastrar la pelota por 25 metros para dejar la mesa servida a Robert Lewandoski que con un toque sutil probó el encanto del doblete. El Alavés no encontró respuestas para detener el vendaval en su contra.
La última puñalada la dio el mismo hombre, Lewandowski, como un asesino que no deja huellas, sentenció con un disparo cruzado que dejó a Antonio Sivera paralizado, reducido a un simple espectador en su propio arco. El esférico zumbó como un susurro mortal, que hizo vibrar las redes, mientras el guardameta solo podía contemplar la escena, impotente. El error en el mediocampo local fue la chispa que desató la tormenta, y el polaco no dejó margen para la redención.
Al final, los 90 minutos fueron un monólogo blaugrana. El Alavés, por más que intentó, solo halló frustración y desatino. Mientras el Barcelona bailaba con la redonda, acariciándola cuando el momento lo requería, los locales se hundían en un mar de desaciertos e imprecisión. Tres goles, tres puñales en el corazón de una escuadra que no supo cómo frenar al coloso catalán.


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