Por: Darian Paniagua

El partido que se jugaba era América vs Chivas femenil, el marcador iba 6-3 y ya casi terminaba. En la tribuna, Laura y Valeria García, gemelas de 19 años, llevaban puestas camisetas distintas: una apoyando al América y la otra a Chivas.

No se trataba de una rivalidad tradicional, sino de una historia marcada por sueños compartidos y la tragedia que las unió aún más, ya que de niñas, las dos jugaban fútbol en los patios de su escuela, en los parques, incluso en las calles, soñando con un futuro donde compartirían cancha en un equipo profesional.

Cada pase y gol era una promesa de ese destino que ambas vislumbraban con cada risa y cada caída. Sin embargo, todo cambió abruptamente cuando a los 14 años un accidente automovilístico truncó sus sueños de golpe.

Las lesiones fueron devastadoras, Valeria quedó con una pierna que nunca volvería a ser la misma, y Laura, aunque físicamente intacta, perdió la chispa y la pasión, consumida por el trauma y la culpa.

El campo de fútbol, que había sido su refugio, se transformó en un recordatorio del destino cruel que las había marcado para siempre, el fútbol dejó de ser algo que jugaban para convertirse en un recuerdo distante, un eco que dolía cada vez que veían un balón rodar.

Se resignaron a vivirlo desde las gradas, compartiendo el amargo consuelo de saber que, aunque sus sueños se habían roto, aún tenían la una a la otra. Valeria, en un intento por hacer frente a la pérdida, adoptó los colores de Chivas; mientras que Laura, que aún lidiaba con el peso del pasado, escogió el América.

No era rivalidad, sino una forma de sentir, a pesar de sus diferencias, seguían compartiendo esa pasión que las había definido desde niñas.

Esa noche en el estadio, Valeria miraba a su hermana con los ojos empañados, recordando los goles que nunca pudieron marcar y los gritos de celebración que quedaron atrapados en su memoria.

En ese instante, el marcador y los equipos perdían todo sentido, lo que importaba era esa promesa inquebrantable: que a pesar de las cicatrices, siempre se tendrían la una a la otra para recordar quiénes eran y lo que, de alguna forma, seguían siendo.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, la algarabía del estadio se volvió un murmullo distante para las hermanas, pues Laura y Valeria permanecieron en silencio, dejando que la emoción se filtrara por sus miradas cargadas de historias compartidas y sueños truncados.

En ese momento, comprendieron que no importaba cuántos partidos más vieran desde la tribuna, el verdadero triunfo era que habían aprendido a vivir con las cicatrices y a encontrar una manera de sostenerse la una a la otra.

No era el final que habían imaginado, pero era el final que les había tocado, y lo estaban escribiendo juntas, partido a partido, lágrima a lágrima, en las gradas donde sus sueños aún latían al unísono.

Aquel encuentro en el estadio, no fue solo un juego, sino una reafirmación de que los sueños no siempre mueren, a veces cambian de forma, se adaptan, y encuentran nuevas maneras de existir.

Las hermanas García, con camisetas opuestas y corazones alineados, sabían que mientras se tuvieran la una a la otra, su historia seguía viva, y eso, en medio de todo, era su verdadero campeonato.

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