Jordan Love sirvió la mesa y comandó a su ofensiva a la victoria en el juego estelar del Día de Acción de Gracias.
por: Dalai Soto
La defensiva de los Packers de Green Bay se erigió como el cimiento sólido de un triunfo forjado con paciencia, donde limitó a los Dolphins de Miami a tan solo tres puntos antes del descanso. Por su parte, la ofensiva, finalmente certera en la zona roja, colocó el ladrillo final en una obra bien construida. Con este resultado, los Packers acortan distancias respecto al segundo lugar de la división Norte de la NFC, ocupado por los Vikings de Minnesota, quienes ostentan una marca de 9-2, con una derrota menos que los Cheeseheads.
La corriente del viento, siempre protagonista en el mítico Lambeau Field, se convirtió en un aliado invisible de los Packers y marcó la tónica de un duelo que, desde el inicio, resultó un mar agitado para los Dolphins. La primera patada de despeje, ejecutada por Daniel Whelan, tomó un trayecto impredecible que desorientó a Malik Washington. El ovoide, traicionero, se escapó de sus manos y desembocó en un fumble que los locales capitalizaron con un touchdown.
Por aire y por tierra, los locales se mostraron imponentes, como un reloj bien aceitado. Josh Jacobs, letal a la hora de mover las cadenas y convertir oportunidades por medio de pases pantalla, sumó 43 yardas que impulsaron la causa local.

Mientras tanto, Jordan Love, quirúrgico en sus envíos, con precisión en los pases cortos, medios y largos, firmó su segundo partido en la temporada sin ser interceptado, con lo que firmó un total de 274 yardas por aire.
Jayden Reed emergió como la válvula de alivio que Jordan Love necesitaba, con quien conectó en seis ocasiones, como si cada envio fuera una promesa cumplida. Entre ellos, tejieron una danza de precisión que se tradujo en dos touchdowns y 24 yardas, algo que llevó la esperanza de los Packers un paso más cerca de la victoria.
Los Dolphins, con el ímpetu de quienes saben que el tiempo se les escapa, buscaron por todos los medios reducir la brecha en el marcador. Pero la respuesta llegó en forma de Brandon McManus, quien, con una serenidad casi inquebrantable, convirtió cuatro goles de campo, lo que sumó 12 puntos que desbarataron cualquier intento de Miami por dar un golpe decisivo.
A pesar de los intentos desesperados de los visitantes por abrir un resquicio en la muralla defensiva, la estrategia de Jeff Hafley los condenó a un laberinto de caos. El blitz, voraz como una tormenta, cayó sobre Tua Tagovailoa sin tregua. Una y otra vez, lo que se tradujo en capturas y entregas del ovoide, Lukas Van Ness, Kingsley Enagbare y Kenny Clark emergieron como espectros implacables, para derribarlo con precisión.

El marcador permaneció inmutable, como un muro infranqueable que no permitió que el buen momento ofensivo de los Dolphins se tradujera en un avance real, lo que dejó finalmente un 30-17 en favor de los Packers de Green Bay.
El Día de Acción de Gracias y la NFL son hilos de un mismo tejido, un ritual donde el cuero del ovoide y el aroma del pavo se entrelazan en una danza de tradición. Desde aquel lejano 1934, cuando los Lions de Detroit convocaron a su primer duelo festivo, el emparrillado se convirtió en el altar de esta celebración. Cada partido es un acto de gloria y sacrificio, donde las familias se congregan para compartir no solo el calor de la mesa, sino también la emoción de la batalla. Al final, el pavo, ese trofeo comestible, es el premio reservado para los héroes del día. No es solo un alimento; es un símbolo de gratitud, de esfuerzo compartido, de un día en que la nación detiene su marcha para celebrar lo esencial: el trabajo en equipo, la perseverancia y la alegría de estar juntos, ya sea en el campo o frente a una pantalla.
En esta ocasión, fue Jordan Love quien blandió el cuchillo ceremonial y cortó el primer trozo del pavo, ese trofeo único que simboliza más que una victoria. Alzó el trozo de carne, no como un gesto de arrogancia, sino como una forma de agradecer a cada uno por el papel desempeñado en la épica jornada. Era más que un brindis; era una ofrenda silenciosa al esfuerzo colectivo, al sudor derramado en cada yarda, al corazón que cada jugador dejó sobre el emparrillado.

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