Sergio Ramos no defraudó en su segundo partido de su carrera en la capital del país.
Por: Óscar Velázquez
El Estadio Olímpico Universitario se vistió de gala para recibir a Sergio Ramos, el guerrero español que Monterrey trajo como refuerzo bomba. El sevillano no solo anotó el gol que puso a temblar las gradas, sino que protagonizó un auténtico show digno de su leyenda.

La presencia del ex madridista a C.U emocionaba a los capitalinos, al pisar por primera vez el césped, la afición lo recibió con un abucheo, aunque en el interior, daba una sensación de “carajo, qué gusto de verte”. Corría el minuto 12 cuando Ramos, como si el tiempo no hubiera pasado desde sus días en el Santiago Bernabéu, se elevó entre los defensores para conectar un testarazo letal. El balón encontró su frente como si estuviera predestinado, y el 1-0 desató un grito de gol que muy pocas veces se escucha en una cancha cuando eres visitante. Pero lo que vino después fue puro Ramos: una carrera hacia la banda, la mano en la oreja y un grito que parecía retar a la afición celeste. La respuesta no se hizo esperar, una mezcla de silbidos ensordecedores y cánticos que lo bautizaron como el «enemigo público número uno» de la noche.

Fuera del gol, Ramos dejó ver su carácter. En el minuto 67, tras una falta en el área de Cruz Azul, se enfrascó en un duelo verbal con Carlos Rotondi, además de una discusión con el árbitro donde decía:”yo soy el que pita” y Ramos: “El que pita mal”. Momento que las cámaras captaron entre risas y tensión. Y aunque el empate llegó poco después con el gol de Rivero, el español no bajó los brazos, ya que en los últimos minutos, se le vio corriendo de un lado a otro, gritando a sus compañeros y demostrando el carácter que lo distingue.

En el silbatazo final, un aficionado logró burlar la seguridad y saltó al césped para tomarse una selfie con Ramos, el cual posó rápidamente antes de que el fanático fuera perseguido por la policía del estadio.

Cuando lo capturaron, Nelson Deossa, intentó calmar la situación para que no pasara a mayores, lo que provocó un breve intercambio de empujones con los elementos de seguridad, mientras la tribuna coreaba a favor del hincha. Este episodio dejó en evidencia la euforia que el defensor despierta, al igual como la policía se duerme en sus laureles, pero Sergio se llevó un pedacito del corazón cementero y dejó otro capítulo en su paso por la liga mexicana.
Editado por Luis Reyes


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