Manuel, aficionado al Cruz Azul, comparte su pasión por el equipo con su hijo Daniel.
Por: Bernardo Marín
El Estadio Olímpico Universitario fue sede de otra edición del Clásico Joven. Dos equipos en un estadio neutral, pero con una afición que hizo vibrar cada minuto de este apasionante encuentro.
El público llegó poco a poco a sus asientos, y la planta baja comenzó a pintarse de amarillo. Había más aficionados americanistas que celestes, y eso se notó cuando los equipos salieron al campo.
Entre todas esas camisetas amarillas, entre porras y chiflidos, los reflectores se posaron sobre dos aficionados del Cruz Azul: un papá y su hijo, entre la multitud que alentaba con todo al América.

Manuel, el padre, gritaba con orgullo “¡Azul, Azul!” para intentar transmitir la pasión a su hijo Daniel, que, aunque pequeño, vivía intensamente el amor por La Máquina. Con orgullo, replicaba los cánticos de su papá.
“Yo le voy al Cruz Azul por mi papá. Por eso le inculqué a mi hijo los colores de esta bonita institución”, comentó Manuel sobre lo importante que fue para él compartir esa pasión con Daniel.
El primer gol del encuentro llegó, y la emoción recorrió los cuerpos de este padre e hijo.
El festejo del pequeño Daniel fue eufórico y contagió de felicidad a su padre, quien, con un fuerte abrazo, cerró el momento.
Después cayó el gol del América. En medio de tanta gente rival, las caras de preocupación de Manuel y Daniel mostraban que el partido sería complicado. Con el 1-1, Cruz Azul estaba quedando fuera de los Cuartos de Final.

Pero el ánimo de Daniel nunca decayó. Siguió alentando a su equipo con la esperanza de que pudieran anotar y avanzar de ronda. Parado desde su asiento, se escuchaban sus gritos: “¡Pégale, Rotondi!”, “¡Ustedes pueden!”.
Quizá ese fue el amuleto de la suerte, porque al minuto 85, tras un centro de Ignacio Rivero a Ángel Sepúlveda, Cruz Azul retomó la ventaja. Padre e hijo estallaron de alegría: sabían que ese gol cerraría la serie.
Aquello no fue solo una victoria. Fue un momento que quedará para siempre en la memoria de este padre e hijo, porque entre la multitud, al final, solo existieron ellos dos.
Editó: Jordi Álvarez


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