Foto: Juan Enrique Rodríguez
Más allá del resultado entre América y Cruz Azul, Emmanuel Oviedo encontró en el fútbol su pasión y una forma de conectar con su hijo Thiago.
Por: Juan Enrique Rodríguez
El sábado por la noche, el Clásico Joven dejó pocas emociones dentro del campo, pero muchas fuera de él. En la tribuna, entre tambores y banderas, Emmanuel Oviedo vivió otra jornada especial con su hijo Thiago, de ocho años.
Como en cada partido de local, tomaron el metro en la estación Guerrero, bajaron en Eugenia y de ahí pidieron un taxi de aplicación ya que a Emmanuel no le gusta llevar coche. Prefiere moverse así para no preocuparse por dejarlo en la calle.

Emmanuel tiene 41 años y su vida ha girado alrededor del futbol. Jugó de forma profesional entre los 17 y los 21 años. Debutó en 2001 con los Alacranes de Durango, como medio derecho en la Liga de Ascenso. También pasó por Lagartos de Tabasco y Dorados de Sinaloa. Años después, se metió al futsal, con el Futsal Tepito y Yunque, equipos con los que llegó a viajar a torneos en Costa Rica y Colombia.
Hoy dirige una escuela de fútbol en Tultitlán, Estado de México. Y a su vez, también cobra por jugar en el llano: “Cuando no tenía trabajo, la talacha me dio para vivir”, contó con sinceridad.
Desde los seis años, Thiago lo acompaña a los partidos del América. Al principio, no le llamaba tanto la atención, pero ahora se interesa en las alineaciones, la formación táctica y los movimientos del juego. Juega como medio derecho, igual que su papá. “Nunca lo presioné. Ya lo trae en la sangre”, dijo Emmanuel, con orgullo.

Su objetivo es que su hijo llegue a fuerzas básicas de un equipo de la Liga MX. Por ahora entrena en una academia, pero Emmanuel lo orienta desde su experiencia cada vez que puede: “A los entrenadores les gustan más los jugadores que reparten, que dan buenos pases, que tienen buena técnica, que piensan en la acción del juego”, explicó.
Llegaron una hora antes y se metieron con los de siempre. Los de la Monumental. Emmanuel saludó a varios, los conoce desde hace años. “Aquí siempre nos cuidan”, dijo con confianza.
Para ellos, la experiencia no está completa sin estar en la porra. Le gusta el ambiente, la energía colectiva. “Cuando vas a otra zona del estadio lo vives más familiar. Cuando vienes con la porra vives diferentes cosas. La misma gente te impulsa a pararte, a gritar, a dejar todo por el equipo”, comentó.

Aunque es un aficionado fiel, todavía no digiere la eliminación contra el Cruz Azul en Concachampions: “Tuvimos muchas oportunidades para anotar cuando Cruz Azul se echó atrás. Hubo varios chances”. También reflexionó sobre la situación del técnico americanista: “A Jardine ya se le está acabando el crédito. Esta afición es muy exigente, y son los títulos los que realmente avalan la continuidad de un entrenador”.
A su vez, Emmanuel y Thiago fueron a ver a Álvaro Fidalgo, el jugador que más admiran. Lo ven como el motor del equipo, el que se echa al equipo al hombro. Pero esa noche no fue la suya. El español pasó discreto, como todo el América. Y aunque no hubo goles ni momentos para gritar con el alma, el padre y el hijo se quedaron en su lugar cantando como si el resultado no fuera lo más importante.

Para Emmanuel, estar ahí significa mucho más que futbol. Es revivir su propia historia desde otra butaca. Y aunque el empate se fue sin pena ni gloria, la historia que valió la pena se cuenta con los ojos brillosos de Thiago y la satisfacción de su padre.
Editor: Juan Enrique Rodríguez


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