Foto: Juan Enrique Rodríguez

La victoria de La Máquina frente al León por 2-1 demostró un equilibrio que no sería posible sin la llegada de Vicente Sánchez.

Por Juan Enrique Rodríguez

La mayoría de las personas que empiezan a creer en el destino lo hacen cuando algo impactante cambia el rumbo de su vida. Para los aficionados de Cruz Azul, la fuga de Martín Anselmi rumbo al Porto fue ese punto de quiebre; un hecho que no solo alteró el panorama inmediato, sino que trajo consigo una virtud que parecía ausente con el argentino: cerrar adecuadamente la eliminatoria.

Foto: Juan Enrique Rodríguez

Después del partido de ida, ganado 3-2 frente a León, los cementeros supieron manejar la vuelta con inteligencia: bien plantados atrás, sin ser superados por el rival.

Por su parte, León, incapaz de penetrar la línea de cinco defensores celestes, recurrió a disparos lejanos que no representaron mayor peligro para el arco de Kevin Mier.

Cruz Azul no se limitó a resistir; también atacó con precisión. Prueba de ello fueron sus dos anotaciones.

Para abrir el marcador, La Máquina apostó por trazos largos, aprovechando las subidas del conjunto esmeralda. Ignacio Rotondi definió en el área chica tras un cabezazo de Ángel Sepúlveda al minuto 33.

En la segunda mitad, una pared eficaz permitió filtrar el balón hacia Amaury Morales, quien envió un centro fuerte y raso que Rodrigo Echeverría desvió hacia su propio arco para sellar el 2-1 definitivo al 64′.

Foto: Juan Enrique Rodríguez

Hoy, el escepticismo inicial en torno a Vicente Sánchez empieza a desvanecerse. La tribuna ya no duda: algo está despertando en este equipo, algo que huele a esperanza y más cuando enfrenten en semifinales por cuarta vez en el semestre a su odiado rival: el América.

Editor: Juan Enrique Rodríguez

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