Portugal, con Cristiano Ronaldo como figura, conquistó la UEFA Nations League tras un dramático 2-2 frente a España que se resolvió 5-4 en penales.
Por: Cristobal Coyote
El Allianz Arena de Múnich fue testigo de algo más que una final: presenció una despedida anunciada, la culminación de una carrera que desafió el tiempo, el cuerpo y la lógica. La UEFA Nations League coronó a Portugal tras un vibrante 2-2 que se resolvió en penales ante España, pero el foco de todo fue él. Cristiano Ronaldo, a sus 40 años, protagonizó una noche que quedará en la memoria colectiva como un testamento de grandeza, orgullo y legado.
Desde el primer minuto, el partido se sintió como un cuento. España arrancó mejor, con ese fútbol quirúrgico que tanto la caracteriza, y encontró premio a los 21 minutos con un gol de Zubimendi, preciso y cerebral como un movimiento de ajedrez. Pero Portugal no tardó en responder: Cristiano, desde la banda izquierda, activó una jugada que terminó en el gol del empate de Nuno Mendes, demostrando que su influencia va más allá de los goles. Era como si el reloj retrocediera cuando tocaba la pelota.
El segundo acto fue un espejo de la vida misma: dominio, errores, redención. España volvió a golpear antes del descanso con un tanto de Oyarzabal, y por un momento, pareció que el ciclo se cerraba sin final feliz para el ídolo. Pero el fútbol, como la vida, sabe de justicia poética. Al 72′, un balón suelto fue cazado por Cristiano, que con la serenidad de quien ha vivido mil batallas, la empalmó con la zurda. Gol, y una ovación que pareció romper el cielo de Múnich. Era su gol 138 con la selección, pero valía como el primero.
La prórroga fue un tango de tensión, un vals entre dos equipos agotados que aún encontraban la manera de amenazarse. Pedri tuvo una clara, João Félix casi la clava al ángulo. Pero el destino quería drama. En la tanda de penales, el héroe inesperado fue Diogo Costa, que detuvo el penal de Morata. Nuno Mendes, por supuesto, ejecutó el suyo con esa frialdad que no se entrena, se nace. Y cuando Rúben Neves anotó el definitivo, la escena fue casi cinematográfica: Cristiano arrodillado, llorando, como si todo el peso de su historia —la gloria, la crítica, el amor, el esfuerzo— le cayera encima de golpe.
“El fútbol me lo dio todo. Hoy no gané solo un título, gané la paz con mi carrera”, dijo CR7 entre lágrimas. Y no era para menos: parecía que ese penal no solo cerraba un torneo, sino una era. El seleccionador Roberto Martínez lo resumió con claridad: “Cristiano no es solo un jugador, es un símbolo. Hoy jugamos por todos los que aman este escudo. Y lo hizo como el jugador que siempre ha sido (cr7)».
Porque sí, esta final fue una ópera. Y en toda ópera hay un aria final, un clímax que te hace llorar. Cristiano no necesitó ser el más rápido ni el más letal: solo necesitó ser él mismo, el eco viviente de una generación, el faro que no se apaga aunque cambien las mareas. Su último gol fue una firma en la eternidad; sus lágrimas, el lenguaje universal del fútbol, ese que entiende hasta el que nunca tocó un balón.
Portugal ganó. España cayó con honor. Pero el verdadero protagonista fue el tiempo: ese que nunca logró vencer a Cristiano del todo. Porque el fútbol, como la vida, necesita héroes. Y si esta fue de verdad su última batalla, se va como siempre vivió: con el pecho al frente, mirando al horizonte… como el rey que, hasta el final, siguió siendo.
Editado por: Emilio Ponce

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