Con dos goles, una asistencia y un recital de fútbol, Palmer lideró al Chelsea en una noche mágica que acabó en goleada 3-0 sobre el PSG, coronando a los londinenses campeones del mundo y dejando a los parisinos en una amarga nota final.

Foto: @France24

Por: Maximiliano Ramos

El escenario estaba listo, los instrumentos afinados y la orquesta dispuesta a hacer historia. Todos se encontraban en el anfiteatro ansiosos de poder deleitarse con la sinfonía del director de orquesta Luis Enrique.

Porque al igual que Gustavo Dudamel, es aquel que transmite la visión musical, marca el tiempo y señala la dinámica de la Ópera parisina, la más importante del mundo.

El violoncelista marroquí, Achraf Hakimi, tomó aire antes de arrancar, el piano de Ousmane Dembéle listo para soltar las notas y la flauta de vitinha con el objetivo de enlazar a los demás instrumentos.

Llegó el pitazo inicial con el cual el público anhelaba una exhibición más de la orquesta del Paris Saint-Germain.

Lo que debía ser una tarde de júbilo y emotividad fue opacada por un hombre, aquel que en ocasiones fue cuestionado y criticado, aquel que fue rechazado de su ensamble anterior, y hoy escribe su nombre en la historia del balompié mundial.

Cole Palmer, que como Nigel Kennedy encantó con las notas que salían de las cuerdas de su violín, volaban por el aire y se posaban en los oídos del Met Life Stadium, como cuando interpretó el solo en la canción “Baba O’Riley” del grupo The Who en 2003.

Un recital inesperado pero en absoluto desagradable, una actuación que ninguneó a todos los músicos de París y sobre todo que fue un encantamiento para los testigos de tal actuación.

Dos zurdazos muy similares que vencieron a Gianluigi Donnarumma y una asistencia de ensueño en el primero movimiento, dieron la pauta para que el segundo fuera una dulce y tranquila melodía.

El primer título del Mundial de Clubes es lo que hoy consiguió el británico, así colocó al Chelsea como campeón y todo Londres aclama su nombre.

Aunque los aplausos son para Palmer, la realidad es que la obra no podría concluirse sin Robert Sánchez que con su triángulo le agregó el brillo agudo y percusivo que hacía falta, así evitó que cualquier balón pasara a las redes y peligrara el protagonismo Blue.

Para la orquesta francesa se esperaba la alegría y vividez de sus tonalidades mayores, pero acabó en la tristeza y desolación de las tonalidades menores.

Como si algo le hubiera hecho falta al PSG tras la goleada (3-0) en la final, su entrenador agredió al final del partido a un rival, algo que solo demostró la desesperación y poca humildad en la derrota. “Mi objetivo  fue siempre separar a los jugadores. Al finalizar el partido hay una serie de empujones, yo siempre quise evitar que esto sucediera”. Agregó el español

Editado: Emilio Ponce

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