Víctor Espinoza regresó a México tras más de tres décadas, recibido como leyenda de la hípica mexicana.
Por: Leah Quintana
El Hipódromo de las Américas latió distinto. Víctor Espinoza, el jinete que dejó su tierra para conquistar al mundo, regresó a casa. El hijo pródigo volvió, no con las manos vacías, sino con la experiencia de una vida cabalgando entre gloria, sacrificios y victorias históricas. En las palabras de los aficionados: “Que vayan y triunfen en otro país para que nos dejen muy en alto.”

Nació en Hidalgo, la necesidad lo llevó a Tabasco, pero la pasión lo trajo a la Ciudad de México. Ahí empezó a montar y supo que estaba hecho para correr toda su vida. Cruzó la frontera con la esperanza de una vida mejor, y Estados Unidos se convirtió en el escenario de sus éxitos.
Espinoza se convirtió en sinónimo de hazaña cuando, en 2015, guió a American Pharoah a la gloria eterna de la Triple Corona, un logro que lo inmortalizó en la hípica mundial. Desde entonces, su nombre trascendió fronteras, pero nunca perdió el pulso de sus raíces mexicanas.

Hoy, su regreso no es solo un reencuentro con la pista: es una reconciliación con la tierra que lo formó y con una afición que lo recuerda como ejemplo de disciplina y orgullo nacional: “Aquí en México lo que necesitamos son ídolos como Víctor.”
Entre gritos de quienes esperaron este momento desde 1992, y los aplausos que solo representan profundo orgullo nacional, Espinoza volvió a montar en México con la misma pasión con la que un día partió, pero con la mirada de quien sabe que el camino recorrido lo convirtió en leyenda.

Su participación en el LXXX Handicap de las Américas estuvo marcada por un proceso de prueba y ajuste. En las carreras tres y cuatro, en las que montó a Brazuca y Abranse, no logró colocarse entre los tres primeros lugares; fueron jornadas de observación y aprendizaje. En su tercer intento, la carrera número siete, esta vez con Hey Güera, rozó la victoria, pero terminó en un meritorio segundo puesto, nuevamente ajustando su estrategia. Más tarde, en la carrera nueve, acompañado por Mexess, dominó gran parte del recorrido; sin embargo, en la recta final cedió terreno y concluyó en la tercera posición. Al cruzar la meta, cayó de su caballo y dejó ver el desgaste acumulado de la jornada.
Su regreso se vio nublado por la falta de una medalla que asegurara su dominio en territorio mexicano. La edición 80 del Handicap de las Américas no vio campeón a un Víctor que regresaba con hambre y sed de éxito; la carrera estelar solo le dejó un mal sabor de boca al otorgarle un cuarto lugar, que no le valió para entrar al podio.

El hijo pródigo ha vuelto. Y México lo recibe con los brazos abiertos, ansioso por ver a su campeón en casa, cabalgando otra vez al compás de la historia. Porque, para los aficionados, “siempre serán bienvenidas las estrellas.”



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