Por Ana Karen Morales

Un domingo soleado iluminaba la Ciudad de México, y el Hipódromo de las Américas vibraba con la emoción de un nuevo día de carreras. Entre el bullicio de los espectadores, el aroma del pasto recién cortado y un camino terroso junto al sonido metálico de los establos, en donde Alfredo Montoya caminaba junto a su sobrino de seis años, Mateo Luna, pues había decidido a compartir con él una pasión que ha marcado su vida: los caballos. Para Mateo, esta era su primera visita al hipódromo, y sus ojos reflejaban la mezcla de asombro y curiosidad que solo la infancia sabe transmitir.

La tarde de carreras comenzaba entre establos y pistas de entrenamiento, donde Alfredo le mostraba a Mateo cómo se preparan los caballos antes de cada carrera, desde el cuidado de los cascos hasta el cepillado de sus brillantes crines, y conversaciones entre jinete y coach. Entre risas y preguntas, Mateo tuvo la oportunidad de elegir su apuesta, decantándose por el número 4, Golden Hollywood. La decisión parecía una pequeña iniciativa del pequeño en este mundo lleno de velocidad y estrategia combinada con tradiciones familiares.

Foto:/ Juan Pablo Zúñiga

Cuando sonó la trompeta que anunciaba el inicio de las carreras, Mateo se adelantó junto a su tío hacia la pista, con los puños cerrados y la emoción a tope. Al inicio, Golden Hollywood estaba lejos de su vista: se trataba de una carrera de pura sangre, donde los caballos recorren mayores distancias y los competidores se encuentran en el extremo opuesto de la pista. Pero pronto, un aparecería en su vista, un caballo café casi obscuro corriendo a toda velocidad, tío y sobrino gritaron juntos: “¡Vamos 4, vamos 4!”, y la energía de la multitud se contagió. Cuando Golden Hollywood cruzó la meta, Mateo saltó, dio vueltas y aplaudió con entusiasmo, compartiendo la alegría de su triunfo con otros aficionados que habían apostado por este caballo.

Foto:/ Juan Pablo Zúñiga

La emoción no terminó allí. Volvieron al área de preparación, donde Mateo pudo seguir aprendiendo sobre los caballos y cómo funcionan las carreras. Fascinado por cada detalle, el pequeño exclamó: “¡Vamos allá!”, y tomado de la mano de su tío, se adentró nuevamente en el mundo del hipódromo, entre relinchos, movimientos rápidos y la sensación de ser parte de algo especial.

Esta experiencia muestra cómo las tradiciones pueden unir generaciones, transformar un domingo soleado en un recuerdo imborrable cuando te encuentras con tus seres queridos, al mismo tiempo que comparten pasiones que avanzan el tiempo. Para Mateo, ese domingo no solo simboliza su primera carrera, sino el inicio del gusto por el deporte y sin duda de un vínculo familiar que, como los caballos del hipódromo, avanza hasta el final.

Foto:/ Juan Pablo Zúñiga

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