Entre banderas, nervios y orgullo, un grupo de ecuatorianos sostuvo el corazón de Erickson Quinzo durante cada round rumbo a la victoria.
Por: Alejandro Tenorio

Entre la multitud que llenó la Sala Urbana, hubo un grupo que resaltó no por el ruido, sino por la emoción con la que vivieron cada segundo: siete ecuatorianos que habían ido exclusivamente a apoyar a su compatriota Erickson Quinzo. Se notaba que eran amigos de años, hablaban entre ellos con esa confianza familiar y estaban claramente nerviosos desde antes de que empezara la pelea. Uno de ellos incluso llevaba puesta la playera de la Selección de Ecuador, como si fuera una especie de amuleto.
Cuando anunciaron la entrada de Quinzo, los siete se levantaron al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado. Sacaron un par de banderas que llevaban guardadas y comenzaron a alentarlo con mucha emoción. No gritaban como locos ni hacían escándalo, su energía era más de apoyo constante, de esas que no necesitan volumen para sentirse. Uno de ellos repetía: “Vamos, hermano, tú puedes”, y el resto coreaba su nombre sin parar.
La pelea contra el mexicano Rafael Sáenz fue muy pareja y los tuvo al borde del asiento. Cada vez que Quinzo conectaba, uno de ellos golpeaba el hombro del que tenía al lado, como si temieran romper la concentración del momento. Y cuando Sáenz respondía con fuerza, el que traía la playera de Ecuador cerraba los ojos un segundo, respiraba hondo y volvía a alentar: “Dale, Erickson, dale, que estás bien”.
En el tercer round, cuando la intensidad subió, los siete estaban prácticamente inclinados hacia adelante, viviendo cada intercambio como si fuera el último. Había nervios, pero también un orgullo enorme. El de la playera oficial era el más metido, parecía que con cada golpe acompañaba a Quinzo con un pequeño salto, como si quisiera ayudarlo desde donde estaba.
Cuando finalmente anunciaron la victoria por decisión para Erickson Quinzo, el grupo explotó en una celebración llena de emoción. Se abrazaron entre ellos, levantaron las banderas, y el de la playera tricolor alzó los brazos como si hubiera ganado él mismo. Antes de irse, uno dijo en voz alta: “Esto lo va a saber todo el mundo cuando regresemos”. Siete compatriotas que cruzaron kilómetros para ver a uno de los suyos triunfar lejos de casa.


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