Con familias, estudiantes y los incondicionales de siempre, el ambiente se transformó en un recordatorio de que el corazón puede llenar cualquier vacío.
Por: Santiago Segura

Un lunes por la noche no suele ser el mejor aliado del deporte en la CDMX. El tráfico, la rutina y el cansancio juegan en contra. Y aun así, en el partido de los Capitanes algo quedó claro desde antes del inicio: no importa cuántos estén en las gradas… los que vienen hacen ruido como si fueran miles.
La arena lucía vacía, con huecos visibles por todos lados, pero ese silencio visual se rompía con un estruendo que parecía imposible para tan pocas personas. Cada jugada, cada robo y cada triple intentado se acompañaban de gritos, tambores improvisados y ese clásico “¡Capitanes!” que retumbaba como si se tratara de un juego de playoffs.

Había familias, estudiantes, algún turista y los incondicionales de siempre, esos que se saben los nombres de los jugadores de memoria y no necesitan micrófono para hacerse notar. Cuando el equipo ligaba una racha, la vibra subía como si la arena estuviera a punto de reventar. Cuando fallaban, la gente no reprochaba: impulsaba. Y cuando el marcador se apretaba, el ruido crecía, como si cada voz intentara convertirse en diez.

En un deporte donde muchas veces se presume “llenar arenas”, los Capitanes recordaron algo más importante: a veces basta con unas cuantas personas… si vienen con todo el corazón del mundo.


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