El australiano venció a Auger-Aliassime con autoridad para quedarse con el ATP 500 de Rotterdam, un título que representa más que un trofeo: la confirmación de que aprendió a cerrar los partidos importantes.
Por: René Hernández
Hay torneos que no se olvidan, no por los títulos que obtienes, sino por los que no consigues. Para Alex de Minaur, Rotterdam se convirtió justo en eso: un lugar donde siempre estaba cerca, pero nunca terminó de cerrar. Dos finales perdidas de manera consecutiva, dos domingos de frustración, dos veces quedarse con la sensación de que le faltó algo para ganar.
Por eso esta tercera final no era una más. En esta edición no solo se jugó un trofeo, se jugó una especie de examen personal, ya que era importante demostrar que ya no era el mismo jugador que se bloqueó en los momentos clave, cuando estaba a un partido de ganar.
Y eso se notó desde el arranque de la final. No hubo nervios visibles, no hubo prisas. De Minaur jugó como si no estuviera cargando ningún historial encima. El plan fue simple, pero muy bien ejecutado: alargar puntos, mover al rival, no regalar nada. Más que buscar golpes ganadores, buscó desgastar mentalmente.
Ahí está la clave del título. En sus finales anteriores, De Minaur había sido demasiado reactivo, demasiado pendiente de lo que hacía el otro. Esta vez fue al revés, ya que él marcó el ritmo, decidió dónde se jugaban los puntos y él manejó los momentos de presión.
El 6-3 del primer set fue casi terapéutico. No por lo amplio, sino porque le dio control emocional. A partir de ahí, el partido dejó de ser una final histórica y se convirtió en un partido más de su calendario. Ese motivo fue lo que le permitió ganarlo.
En el segundo set ya no jugó contra su rival, jugó contra su pasado. Y lo superó. No bajó la intensidad, no se protegió con el marcador, no entró en modo de «desesperación». Siguió atacando, presionó a Auger-Aliassime y cerró con un 6-2 que reflejó algo más profundo que un simple resultado.
Este título en ATP 500 de Rotterdam no es el más grande de su carrera, pero probablemente sea uno de los más importantes. Porque no se gana solo en la pista, se gana en la cabeza. Y De Minaur, después de dos golpes duros, demostró que aprendió a jugar las finales como se juegan los campeones: sin miedo a repetir la historia.

Esto puede ser un punto de reflexión importante para Minaur. No tanto por el trofeo, sino por el mensaje que deja esta victoria, ya que no es más el tipo que «casi gana», sino el que sabe cómo triunfar en los momentos importantes.


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