Parecía una noche tranquila para Cruz Azul, pero la conformidad, los errores y unos Pumas con más Corazón que futbol les arrebataron los tres puntos.
Por: René Moreno
La Máquina Celeste de la Cruz Azul dejó escapar dos puntos que parecían seguros en Estadio Olímpico Universitario; el empate a dos goles ante Pumas UNAM no sólo se explicó por la reacción universitaria, sino también por la incapacidad celeste para sostener la superioridad que había construido durante la primera mitad.
El primer tiempo mostró a un Cruz Azul dominante, vertical y con control territorial, el equipo de La Noria impuso condiciones desde la posesión y la presión alta, arrinconando a los universitarios y evidenciando la diferencia que justificaba su condición de superlíder, durante esos 45 minutos el partido parecía encaminarse a una victoria cómoda para los visitantes.
Sin embargo, el futbol suele castigar la complacencia, además, dicen que el 2 a 0 es el marcador más engañoso, y eso fue exactamente lo que se vio en la segunda mitad.
Más allá de la polémica arbitral, que inevitablemente marcará la conversación posterior, el análisis apunta a la transformación del propio Cruz Azul, el equipo que había sido intenso y agresivo en el primer tiempo reapareció tras el descanso, pero como un conjunto displicente, impreciso y excesivamente confiado en la ventaja; la presión desapareció, las líneas se estiraron y el control del juego comenzó a diluirse.
En ese contexto, los dirigidos por Efraín Juárez encontraron una oportunidad que parecía improbable, incluso con un hombre menos, Pumas modificó la narrativa del partido a partir de algo más elemental que la táctica, la convicción.
El conjunto universitario replegó sus líneas, atacó con contragolpes, centros y balones divididos, además buscó constantemente incomodar a una defensa celeste que, por momentos, pareció desconectada del partido.
Premio a la perseverancia
El punto de quiebre llegó con el penal señalado a favor de los locales, una decisión que abrirá debate pero que una vez marcada, fue ejecutada con eficacia; a partir de ahí el encuentro entró en un terreno emocional donde Cruz Azul perdió completamente el control.
El empate definitivo llegó tras un centro venenoso al área que terminó en autogol de Ditta, en una jugada marcada por el resbalón de Andrés Gudiño que terminó por sellar la igualada.
Pero reducir el resultado a la polémica arbitral sería simplificar demasiado el análisis, la verdadera historia del partido está en la gestión emocional y futbolística del líder del torneo, Cruz Azul tuvo el partido en sus manos y dejó que se le escapara al ceder iniciativa, ritmo y carácter competitivo; su entrenador lo admitió, “Caliente por que siento que es un desarrollo de partido que es determinado por una acción que no era, me desconcierta”, “Me quedo con la producción en el primer tiempo, ampliamente fuimos favorables en el desarrollo del partido aunque no acompaña el resultado”, mencionó Larcamón.

Empate más con corazón que con futbol
El mérito de Pumas es evidente, pues con diez hombres, encontró energía donde parecía no haberla y terminó por empatarle al superlíder, pero la escena final terminó de retratar el espíritu con el que los universitarios encararon el cierre del partido, tras el silbatazo final, el técnico Efraín Juárez celebró el empate con una intensidad que rozó lo simbólico, corrió hacia la grada y, en medio de la euforia, gritó con furia “aquí hay huevos, hijos de su puta madre”, como si el resultado hubiese significado mucho más que un simple punto.
Y quizá, en cierto sentido, lo fue, porque mientras Cruz Azul dejó escapar un triunfo que parecía inevitable, Pumas terminó celebrando un empate que para ellos, supo a un campeonato.


Deja un comentario