Por: Jesús Morales / Licenciatura JRF

Terminó la era del relámpago de Jamaica, el hombre más veloz del planeta. Usain Bolt le dijo adiós a las pistas y nos dejó con lágrimas en los ojos al presenciar un suceso que pocos esperábamos, caer lesionado en su carril, con el rostro empapado en llanto y con la misma frustración que sentían los miles de aficionados que se dieron cita en el Estadio olímpico de Londres solamente para presenciar el último acto en la obra de Bolt.

El sentimiento que se vivió esa noche es comparable con el guion de la película más triste e impredecible que se puede imaginar. Nos comprobó que a pesar de la velocidad que poseía no deja de ser un terrenal como cualquiera de nosotros, que también se lesiona, que también pierde, pero sobre todo que es de carne y hueso y no el extraterrestre que todos pensábamos.

Pasarán generaciones para volver a ver un Usain Bolt en el tartán o en algún otro deporte, un fuera de serie, dominante al cien por ciento en su disciplina, un hombre que dejará marcado no solo el atletismo sino a toda una generación que fuimos testigos de lo que este hombre puede hacer. No me queda más que decir GRACIAS, USAIN por erizarnos la piel con cada carrera, por acelerar nuestro corazón en cada zancada, por detener el mundo cada competencia. En el deporte queda grabado tu nombre como el mejor atleta que haya forjado el orbe.

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