Por: René Moreno
La noche de ayer en el Estadio Azteca se transformó en un amargo retrato de impotencia cuando el vuelo del América en la CONCACAF se estrelló no solo contra el marcador, sino contra los nervios de su propia gente.

Lo que inició como una esperanza de remontada terminó descarrilándose en una tribuna que, cegada por la frustración, recurrió al peor de los recursos: el grito homofóbico.
No fue un incidente aislado, sino una constante que retumbó en 12 ocasiones distintas, desafiando la autoridad y el reglamento internacional; la tensión alcanzó su punto máximo cuando el árbitro, ante la insistencia del insulto, se vio obligado a aplicar el protocolo oficial y detener el partido en dos ocasiones, sumergiendo el encuentro en una pausa incómoda y vergonzosa que solo alimentaba el fuego de la grada.

Al reanudarse el juego, el fútbol nunca volvió a fluir y el destino quedó sellado; con el silbatazo final, la catarsis de la afición alcanzó niveles estruendosos; lejos de recibir el apoyo de su «jugador número doce», el América fue despedido bajo una lluvia de abucheos brutales que retumbaron en cada rincón de su propio estadio.
Los jugadores caminaron hacia el túnel cabizbajos, escoltados por el eco de una reprobación total de su público, que ayer no perdonó la falta de contundencia y dejó claro que, en el Coloso de Santa Úrsula, la exigencia se convirtió en una hostilidad que el club tardará en olvidar.


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