Liderados por Jalen Brunson, los Knicks vencen a los Spurs en el juego 5 y conquistan su tercer anillo de la NBA.

Por: Aide Báez

Hay partidos que se ganan y hay partidos que cambian la historia de una franquicia, y el Juego 5 de las finales de la NBA fue uno de esos.

Los Spurs llegaron a casa con la obligación de extender la serie y con la ilusión de una posible remontada. El ambiente en San Antonio estaba listo para una noche histórica; sin embargo, del otro lado estaba un equipo que parecía decidido a no dejar escapar la oportunidad de coronarse.

San Antonio peleó hasta el final, apoyado en el talento de un núcleo joven que ilusionaba con devolverle la gloria a la ciudad. Pero Nueva York supo responder en territorio rival.

Los Knicks no jugaron como un equipo desesperado por terminar una sequía de títulos; jugaron como un equipo convencido de que podía lograrlo, y esa fue, tal vez, la diferencia más importante de la noche. Mientras los Spurs buscaban mantenerse con vida, los neoyorquinos demostraron una madurez que se fue construyendo a lo largo de la temporada.

Cuando todo lucía complicado y el equipo llegó a estar 16 puntos abajo, los Knicks no perdieron la calma. Poco a poco recortaron la diferencia hasta darle la vuelta al partido, dejando claro que este grupo aprendió a competir incluso en los escenarios más difíciles.

Buena parte de esa reacción llevó el nombre de Jalen Brunson. Él asumió la responsabilidad ofensiva y, con su actuación, se convirtió en el único jugador de los Knicks en registrar un partido de 45 puntos en unas Finales.

Para los Knicks, la noche tuvo un significado mucho más profundo que el resultado, fue el cierre de una espera de 53 años.

Más de medio siglo después de su último campeonato, Nueva York volvió a la cima.

Editó: Erick Cruz

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