Catorce años después de su último partido al frente del Real Madrid, José Mourinho regresó al banquillo merengue con una victoria por 4-1 sobre el Leganés. Más allá del resultado, el portugués reavivó la nostalgia y la ilusión de una afición que nunca olvidó al técnico que convirtió la exigencia en una forma de competir.
Por: Christian Iniesta
Catorce años tuvieron que pasar. José Mourinho necesitó todo ese tiempo para volver a dirigir un partido con el Real Madrid. Su última victoria había llegado en agosto de 2012, cuando conquistó la Supercopa de España tras imponerse al Barcelona. Desde entonces cambiaron los jugadores, los entrenadores e incluso la forma de entender el futbol, pero el nombre del portugués siguió despertando la misma sensación entre el madridismo: la de un técnico que convirtió la exigencia en identidad.
El triunfo por 4-1 sobre el Leganés fue apenas un amistoso de pretemporada. Sin embargo, el resultado terminó siendo lo menos importante. La verdadera noticia estaba en el banquillo, donde Mourinho volvió a ocupar un lugar que parecía reservado para el recuerdo. El club español, más que recibir a un entrenador, recibió el regreso de una etapa que marcó a toda una generación de aficionados.
Mourinho nunca necesitó recuperar la confianza de la afición. Su historia en el Real Madrid quedó escrita por la intensidad con la que afrontaba cada partido, por la personalidad con la que desafió una de las épocas más dominantes del Barcelona y por devolverle al madridismo la convicción de que su equipo nunca debía darse por vencido.
El técnico portugués regresó al club merengue con una victoria, tal como ocurrió en su despedida en 2012. Los goles de Federico Valverde, Gonzalo García y Franco Mastantuono, además del autogol de Rubén Pulido, acompañaron la celebración, pero el verdadero protagonista nunca estuvo dentro del área. Cada imagen de Mourinho dando instrucciones desde la banda recordó que existen figuras cuya presencia pesa más que cualquier marcador.
Y aunque esta vez no levantó ningún trofeo, dejó una sensación que trasciende el carácter de un partido amistoso. Después de catorce años, la ilusión volvió a instalarse en el Santiago Bernabéu, como si una historia que parecía terminada acabara de escribir su primer capítulo nuevamente.


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