Para “El Profe”, cada carrera es un cálculo frío donde el riesgo se mide, pero el vacío se acumula.
Por: Sharon Navarro
Esta es la radiografía de un hombre que ya no ve caballos, sino números en movimiento, y cuya vida se resume en la tensión de un hilo que nunca termina de romperse.
“El Profe” (un señor ludópata) no llega al Hipódromo de las Américas buscando emoción; llega a trabajar. Para él, el sábado fue una jornada de oficina donde el capital es la paciencia y el enemigo es el impulso. Mientras el apostador promedio se deja llevar por el color de la mantilla o el nombre llamativo de un ejemplar, el ludópata profesional opera con una frialdad que asusta.
Él gana la mayoría de las veces porque ha aprendido a perder poco y su técnica es el hándicap ciego: estudia la pista, el viento y, sobre todo, el «clase sobre clase». Su mirada estaba fija en ejemplares como Performance Crown y Súper Ivonne, analizando si el esfuerzo del cierre les alcanzaría para cubrir la distancia. Ganar la mayoría no significa acertar todas las carreras, significa saber cuándo el dividendo es mayor al riesgo.
«La gente cree que esto es azar, pero el azar es para los que vienen a tirar su domingo», dice El Profe mientras tacha con furia su programa, ya casi ilegible por tantas notas. “La pista está traicionera. Yo gano porque sé leer al jinete; sé cuándo está guardando caballo y cuándo ya no trae nada. Pero ganar así tiene un costo: ya no disfruto la carrera. Veo al animal cruzar la meta y solo pienso en el siguiente dividendo. Es una victoria vacía, porque el dinero que entra por la ventanilla de cobro ya tiene nombre y apellido en la ventanilla de apuesta de la siguiente carrera. Es un ciclo que te drena el alma mientras te llena, a veces, la cartera».
En el Hipódromo estallaron, y no fue un grito de alegría, fue como un rugido de rabia contenida que se soltó cuando los favoritos empezaron a flaquear. En la grada se sentía esa electricidad sucia de quien sabe que está perdiendo lo que no tiene.
«Hubo un momento, tras el Clásico, donde el aire se puso pesado», relata Don Mario, un veterano que observa al Profe como si viera su propio futuro. «Ves a tipos que se juegan el gasto de la semana en un cierre fotográfico. Cuando se anuncia el ganador y no es el suyo, el silencio que sigue es peor que cualquier grito. Estallamos en insultos, en boletos rotos que vuelan como confeti de miseria. El Profe ni se inmuta, él ya está calculando la trifecta de la décima. Esa es su protección: volverse de piedra».
Un mesero que ha visto pasar miles de rostros desesperados lo resume mejor: “Hoy vi a hombres transformarse. Empiezan el día con esperanza y terminan la jornada con una mirada de naufragio. El Profe es de los pocos que se va con dinero, pero si lo miras bien, se va más cansado que el que lo perdió todo. Ganar la mayoría es una condena, porque te convence de que puedes dominar al monstruo, y el monstruo siempre tiene hambre».
Al final, cuando las luces de Sotelo se apagan, El Profe camina hacia la salida con el fajo de billetes en el bolsillo, pero sin levantar la cabeza del programa. Mañana hay más carreras, y en su mente, la apuesta más grande siempre es la que todavía no hace. Su vida no es el dinero, es el cálculo infinito de un «casi» que lo mantiene encadenado a la arena.

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