Una pasión por los tuzos que se paso de generación en generación
Por: Bryan Juarez
Cuando el partido terminó y gran parte de la afición comenzó a abandonar el Estadio Olímpico Universitario, una pequeña porra del Pachuca permaneció en sus lugares. Entre las camisetas blanquiazules destacaban un joven y su abuelo, quienes observaron desde sus asientos los últimos momentos de la jornada en Ciudad Universitaria.
El joven se llamaba Diego Hernández, tenía 26 años y llevaba en el brazo derecho un tatuaje con el escudo de los Tuzos. A su lado se encontraba don Manuel, su abuelo de 74 años, quien descansaba después de una tarde larga de futbol. Los dos vestían los colores del Pachuca y formaban parte del reducido grupo de seguidores visitantes.
El tatuaje de Diego sobresalía debajo de la manga de su playera. No era un diseño discreto: el escudo ocupaba buena parte de su brazo y representaba una afición que, según contó, comenzó desde que era niño. Su abuelo fue quien le enseñó a seguir al equipo y quien lo llevó por primera vez a un estadio.
Don Manuel se convirtió en aficionado del Pachuca mucho antes de que su nieto naciera. Durante años escuchó los partidos por radio y aprovechó cada oportunidad para asistir al estadio. Cuando Diego llegó a la familia, encontró en el futbol una forma de compartir tiempo con él.
La primera playera de los Tuzos que recibió Diego fue un regalo de su abuelo. Le quedaba grande, pero la utilizaba cada vez que el Pachuca jugaba. Con el paso del tiempo, las tardes frente al televisor se transformaron en visitas al estadio y, después, en algunos viajes para acompañar al equipo fuera de Hidalgo.
Años más tarde, Diego decidió tatuarse el escudo como una manera de recordar el vínculo con su abuelo. El dibujo no solo representaba a un club, también resumía las conversaciones, los viajes y los partidos que compartieron desde su infancia.
La visita a Ciudad Universitaria significó otra oportunidad para continuar con aquella tradición. Aunque la mayor parte del estadio estaba ocupada por seguidores de Pumas, ambos encontraron un espacio junto a la pequeña porra visitante y permanecieron unidos entre banderas y camisetas del conjunto hidalguense.
Al finalizar el encuentro, Diego se mantuvo cerca de don Manuel. Mientras otros aficionados avanzaban hacia las salidas, el joven esperaba con paciencia para evitar que su abuelo tuviera que caminar entre la multitud. La diferencia de edad se notaba en el ritmo, pero también en la atención con la que el nieto cuidaba cada paso de su acompañante.
Don Manuel observaba el terreno de juego mientras la tribuna comenzaba a vaciarse. Diego, por su parte, levantaba el brazo en el que llevaba tatuado el escudo. En aquella imagen aparecieron dos generaciones conectadas por los mismos colores.
El futbol suele explicarse a partir de resultados, jugadores y campeonatos, pero en las tribunas también existen historias que no aparecen en las estadísticas. La de Diego y don Manuel nació lejos del Estadio Olímpico Universitario, pero encontró en Ciudad Universitaria otro capítulo.
Después de unos minutos, ambos se levantaron de sus asientos y siguieron a la pequeña porra de los Tuzos hacia la salida. Don Manuel caminó despacio y Diego permaneció a su lado, como su abuelo lo acompañó cuando él apenas comenzaba a descubrir el futbol.
Entre miles de aficionados, la imagen resultó sencilla: un joven con el escudo del Pachuca marcado en la piel y un abuelo responsable de sembrar aquella pasión. Una herencia que no necesitó documentos ni apellidos, porque quedó representada en un tatuaje y en otra tarde compartida desde la tribuna.

Foto: Bryan Juárez
Editó: Sebastian Calderón


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