Mientras el caos se desataba en la cancha del Nemesio Diez, en el área técnica habitaba un universo paralelo comandado por los pasos incesantes de Antonio «El Turco» Mohamed.
Por: Alejandro Osornio

Fiel a su costumbre, la elegancia no fue negociable. Con su característico porte, Mohamed transformó su metro cuadrado de pasto en un escenario propio, en los primeros cuarenta y cinco minutos, sus manos no dejaron de gesticular, era un director de orquesta intentando afinar a un conjunto escarlata que, por momentos, parecía contagiarse del nerviosismo de la visita.
Cuando Julián Carranza empató momentáneamente el encuentro para los Rayos y el VAR sembró la duda en las gradas, Mohamed no miró a las pantallas ni reclamó al cuarto árbitro, su vista se clavó directamente en sus mediocampistas, el lenguaje corporal hablaba de exigencia pura, brazos cruzados, mandíbula tensa y una caminata frenética de un extremo al otro.

Pero el punto de quiebre de su tarde llegó justo con el silbatazo del medio tiempo. Mientras el reclamo desmedido de Carranza le costaba la tarjeta roja directa camino a los vestidores, se captó una sutil transformación de Mohamed. La tensión en los hombros desapareció, sabía que el partido, táctica y mentalmente, acababa de caer en sus manos. A partir de ese momento, el saco se desabotonó y la intensidad dio paso a la administración del espectáculo.
Para la segunda mitad, el estratega ya no caminaba con la urgencia del inicio, observaba como el anfitrión que tiene todo bajo control en su propia casa, los goles de Edgar y Everardo López fueron recibidos con aplausos medidos, casi paternales, no hubo festejos desmedidos, sino la satisfacción de quien ve su guion ejecutarse a la perfección ante un rival desmoronado.
El momento culminante de su actuación en la banda llegó en la recta final, el estadio entero fue testigo del abrazo protocolario, pero cargado de confianza, que le dio a Federico Viñas antes de mandarlo al campo, unas breves palabras al oído del delantero uruguayo, una palmada firme en la espalda, y Mohamed volvió a su posición, con las manos en los bolsillos y la mirada serena, el técnico observó cómo su equipo terminaba de consumir a unos Rayos fundidos por su propia indisciplina.

En un duelo donde el rival perdió la cabeza, la figura de Antonio Mohamed fue el ancla de absoluta frialdad.
Editó Jorge Gómez


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